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Paraguay: salvaje represión policiaca contra manifestantes

Paraguay marchaCOLAREBO – Numerosas personas resultaron heridas hoy, según informes hospitalarios, tras el desalojo por policías antimotines paraguayos de unos 200 manifestantes que reclamaban la liberación de campesinos presos, en huelga de hambre y grave estado de salud.

Los protestantes, pertenecientes a diversas organizaciones sociales, denunciaron que la policía los agredió violentamente en horas de la madrugada, mientras permanecían en vigilia frente a la sede de la Fiscalía General de la República en apoyo a los encarcelados.Se trata de 12 trabajadores rurales en prisión desde el pasado mes de junio tras un sangriento desalojo en el departamento de Curuguaty con el saldo de 11 labriegos y seis policías muertos y más de 70 heridos.

El Centro de Emergencias Médicas reportó 14 civiles con heridas provocadas por balines de goma disparados por los agentes, alguno con fractura en sus piernas y otros lesionados por golpes propinados con los bastones de la policía.

La acometida de los antimotines se registró mientras los protagonistas de la vigilia dormían y obedeciendo a la orden verbal de un fiscal quien alegó obstaculizaban el tránsito.

Uno de los manifestantes, Prabat Pascua, declaró que la policía realizó también disparos de armas de fuego y agregó que todos fueron despojados de sus pertenencias, incluyendo motos y otros medios de transporte.

Varios canales de televisión difundieron escenas del violento incidente filmadas por los agredidos con sus teléfonos celulares y en las cuales se registró el uso de la fuerza por los efectivos antimotines./PL

Los manifestantes se encontraban frente a la Fiscalía desde el pasado martes expresando su protesta por el mantenimiento en prisión de los 12 campesinos y la declaración de prófugos de la justicia de otros 40 de sus compañeros.

2 Comentarios

  1. El fascismo de Franco continúa por la senda del franquismo de aquel otro dictador español del siglo pasado. A los paraguayos les hemos dejado tirados a los pies de aquellos neo nazis.

    TODOS los latinoamericanos debemos mostrar solidaridad y colaboración con el pueblo libre de Paraguay.

  2. ¿Quiénes son los “invasores”?

    Usurpa este espacio: Chester Swann

    Luque, junio 1 de 2008

    Mucha tinta se está derramando últimamente con el tema de las “invasiones a la Propiedad Privada”, y ello es muy natural. A la propiedad privada hay que defen-derla, como sea, con todas las armas de la ley… y de la trampa que contiene toda ley que se precie de tal. Pero como me gusta buscar pelos en la leche y moscas en la so-pa, además de escupir en uno que otro asado ajeno y en la sopa del Rey, me permito plantear algunos interrogantes que me ratonean en el cacumen desde los años sesen-ta; si mal no recuerdo, desde la era en que éramos felices y no lo sabíamos.
    En primer lugar, hace más de cinco centurias que hemos sido invadidos por unos señores que bajaron, envueltos en latas, de extraños bergantines. Al principio fueron acogidos los forasteros con hospitalidad por nuestros ingenuos antepasados, que no dudaron en compartir alimentos y hasta sus mujeres con los recién llegados, sin contrato previo de locación. Hasta que éstos desenfundaron sables y arcabuces para quedarse con todo: tierras, hombres, mujeres y frutos del país. Muchos muertos lo testimonian, pese a que la historia la escribieron los mismos que insisten en haber-nos civilizado, cristianizado, y ahora nos niegan la visa para ingresar a su país.
    Posteriormente, el forzado connubio en absurdos serrallos del subdesarrollo, produjo un gentilicio híbrido y bastardo llamado “criollo” o “mancebo de la tierra”… o, peyorativamente: “mestizo”. Una suerte de parachoques cultural indeciso y dubi-tativo que duró hasta 1811, más o menos. Pero la tierra, seguía siendo ajena y cada vez más lejana del pobre, salvo para su democrática sepultura. Tras la gesta liberta-dora, un hombre, honesto, austero, sabio… pero intolerante al disenso, nacionalizó toda la tierra del naciente país, aunque permitió las ocupaciones a condición de que se la trabajara a conciencia con la sola obligación de abonar un modesto emolumento en aparcería al estado.
    Nacieron las “estancias de la Patria” que daban de comer y vestir al incipiente ejército nacional, que era —pese a su exigüidad numérica— un celoso defensor de nuestra soberanía. No hacía falta invadir tierras que eran de todos y de nadie, como el aire, como el agua y las flores del campo. Nadie pasaba hambre y las necesidades estaban cubiertas por un estado autoritario y paternalista, pero honesto y austero, además de organizado. Claro, entonces la palabra era el documento más preciado.
    Luego, tras el primer intento de autogestión tecnológica de los López, nuestro modelo autárquico incomodó a los vecinos y a su patrón: el imperio británico. Ésta vez la invasión llegó de nuevo, bajo tres aspectos: el económico, el militar y el cul-tural. No contentos con arrasar y pasar a saco a un país civilizado pero incompren-dido y, encima incómodamente mediterráneo, la infame tríplice nos impuso la prohi-bición de nuestra lengua materna y mantiene su nefando tutelaje hasta los días de hoy, cipayos y traidores mediante.
    La invasión prosigue, con prisa y sin pausa, despojándonos de bosques y cam-pos con todo y fauna, contaminando nuestras aguas y envenenando a poblaciones na-tivas con abortos de la química Monsanto y dioxina; bastardizando nuestra cultura con sus voces extrañas impregnadas de cachaça y risotadas altivas; robándonos nuestra riqueza energética y, encima, burlándose de nuestra ingenuidad provinciana que los acogiera como a los peninsulares.
    Nuestros depauperados hombres de la tierra —que de suyo han sido desarrai-gados durante la tiranía, por militares prepotentes, funcionarios corruptos, jueces ve-nales, acopiadores, persecuciones políticas, deudas y puebleros tramposos—, ahora resolvieron dejar de dar la otra mejilla y tomar en sus manos lo que la injusticia les ha negado por tanto tiempo. Ahora resolvieron motu proprio dejar de dar la otra me-jilla al sistema que los acorrala en la miseria; que para la ley, diseñada y legislada por los propios invasores, se santifica al capital por encima del ser humano, cada vez más desvalorizado como dólar del subdesarrollo.
    ¿Podría usted, estimado lector, animarse a señalar con el dedo a los verdaderos invasores? ¿Qué no? Entonces quizá sea, usted, uno de ellos… y aún no lo sabe.

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