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Más de 200 hondureños víctimas de persecución siguen en el exilio por temor al régimen Lobo

NAZARETH BALBÁS / AVN – Los perseguidos por el régimen que se instauró en Honduras después del golpe de Estado contra José Manuel Zelaya en 2009, también esperan su regreso.

En la lista de quienes se vieron obligados a salir del país por ser víctimas de persecución política se cuentan más de 200 hombres y mujeres.

Actualmente en condición de refugiados en naciones latinoamericanas y europeas, los exiliados ven el retorno de Zelaya, el pasado sábado, como una posibilidad de volver a la Patria.

Sin embargo, el temor los acompaña. El acuerdo de Cartagena, alcanzado por la mediación de Colombia y Venezuela entre Zelaya y el actual mandatario Porfirio Lobo, tiene olor a esperanza pero no sabe a garantía.

“Es un primer paso, un primer voto de confianza inmerecido” para el gobierno de Lobo, dice René Amador, uno de los seis que tomó la decisión de regresar a su país con el ex mandatario para “alzar la voz de mis compañeros exiliados” y volver a ver a su hija de ocho años, a quien le dio el último abrazo en octubre de 2009.

Lobo en la lona

En Managua son las 8:47 de la mañana del sábado 28 de mayo. A pocas horas de que una comisión internacional aborde el avión venezolano de Conviasa con destino a Honduras para acompañar a Zelaya en su regreso.

En el piso cuatro del Hotel Seminole, sentado en una mesa del salón donde se come el desayuno, René Amador habla con un amigo español. Se toma un café y mira su reloj. En poco más de dos horas volverá a su país.

Viste una camisa blanca, probablemente de algodón, que no se pondría en Madrid en días de invierno, ciudad en la que fue admitido como refugiado poco después de ingresar a España en condición de turista. Es miembro del Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP), movimiento político nacido en Honduras tras el golpe de Estado.

Su acento, apenas matizado por cierto dejo madrileño, mantiene su cadencia centroamericana. Para él, su retorno a Honduras es un “acto de buena fe y voluntad de diálogo” hacia el gobierno de Lobo, quien llegó al poder tras unas cuestionadas elecciones durante la dictadura de Roberto Micheletti.

Sin embargo, casi 700 días lejos de su país por persecución política no se borran en un instante. Amador, como si de un juego de boxeo se tratara, considera que la decisión de volver no se debe simplemente al acuerdo de Cartagena, alcanzado entre Lobo y Zelaya por la mediación de los gobiernos de Colombia y Venezuela.

“El que está pidiendo cacao es el gobierno de Lobo porque está aislado, que no se piense que nos está dando un regalo al permitirnos retornar. Ellos saben que el pueblo los tiene tirados en la lona, les dio nocáut y está contando hasta diez”.

No le limpiaremos la cara al régimen

A las 9:30 am de ese sábado, dan la orden de bajar al lobby. Los diplomáticos, líderes de organizaciones políticas, exiliados y activistas se reúnen en la planta baja del hotel para luego embarcar las mini van que los llevarían primero al hotel Best Western, donde Zelaya ofrecería declaraciones.

La siguiente parada sería el aeropuerto Augusto César Sandino. El avión ya estaba en la pista.

Amador junta sus manos y se las lleva a la cara es una especie de señal litúrgica. Dice que no puede esperar para ver a su hija y que no eludirá el compromiso de llevarle flores a los mártires que han muerto por pedir democracia en Honduras.

En el país que vio nacer a Amador, los asesinatos a líderes políticos no han cesado desde la asunción de Lobo. Al menos 14 periodistas críticos al golpe de Estado han sido asesinados y más de cuatro decenas de dirigentes campesinos de la resistencia fueron ultimados sin que hasta ahora se encuentren culpables.

“Nos duele lo que ha pasado y sigue pasando. Nuestro regreso en ningún momento significa una renuncia a nuestros principios, no es una renuncia a la lucha, ni son ganas de limpiarle la cara al régimen”.

La alegría del rostro de Amador, el mismo que apareció en una propaganda para apoyar la consulta popular antes del golpe, se oscurece cuando habla de las víctimas de la represión en su país, una realidad a la que todavía temen los exiliados que permanecen fuera de Honduras.

Él también siente miedo. Asegura que si en Honduras continúa la misma situación “volveremos a salir, volveremos a denunciarlos y resistiremos hasta transformar la estructura de un Estado que avala el golpismo”.

Tegucigalpa, 26 minutos

La salida hacia el aeropuerto se postergó un poco más de lo establecido. Mientras medios internacionales entrevistaban a Zelaya, Amador conversaba con sus compatriotas próximos a retornar y se sacudía la camisa para tratar de ahuyentar el sofoco por el calor.

Después del mediodía, toda la comitiva salió del hotel Best Western hasta el aeroparque, ubicado casi al frente. Al llegar a la pista, Amador caminó hasta el avión y se sentó en la parte trasera junto a los periodistas. En menos de media hora pisaría suelo hondureño.

Tras el despegue, Amador miraba por la ventanilla. Los volcanes nicaragüenses se veían pequeños desde la altura. En la aeronave se gritaban consignas, habían aplausos y el sombrero de ‘Mel’ se divisaba en el primer asiento.

La azafata trataba, infructuosamente, de pedir a los pasajeros que se mantuvieran en las butacas con el cinturón de seguridad abrochado y ante el corto itinerario de vuelo, apenas hubo tiempo de ofrecer agua o jugo a las delegaciones.

En 20 minutos inició el descenso hacia Tegucigalpa. Los vítores y las fotos dentro del avión desafiaban el protocolo de seguridad aérea que las aeromozas desesperadas intentaban hacer respetar. Amador vio nuevamente las colinas pobladas de la capital que extrañó por meses.

“No sé qué decir”

Segundos antes de pisar la pista de la base aérea de Toncontín, en la capital hondureña, multitudes se distinguían alrededor de las cercas de ciclón con banderas, camisas, carteles y sombreros para recibir a los exiliados, entre ellos, su líder ‘Mel’ Zelaya.

Cuando el Conviasa pisó tierra, nadie -para angustia de las azafatas- esperó que se detuviera la aeronave. Después que abrieron la puerta, bajaron casi todos los pasajeros. El último en desembarcar sería el ex mandatario hondureño.

Amador descendió los escalones de la avión y antes de asentar sus zapatos deportivos en el asfalto de la pista, escuchó que alguien gritó: “¡René!”. Aunque no era su hija, corrió hacia el grupo de personas que lo llamaba y los abrazó.

Después del encuentro, Amador se ubicó nuevamente cerca del avión para presenciar la entrada de Zelaya, y ante el infaltable “¿cómo se siente”” de los periodistas sólo respondió: “No sé qué decir, en serio, no sé qué decir”.

La caravana condujo a todos fuera del aeropuerto hasta la plaza Isis Murillo, cerca del Toncontín. Sin embargo, en el camino René bajó del auto donde iba y en una esquina junto un compatriota que ondeaba la bandera de Honduras, desapareció dando brincos de alegría.

Amador ha prometido que seguirá en la lucha y pide un plazo de seis meses de observación internacional para garantizar que es seguro volver a Honduras.

“No seremos una moneda de cambio para validar al régimen”, aseveró en Managua.

Mientras Amador ya está en su casa, el Comité de Familiares Detenidos y Desaparecidos tiene una lista de dos centenares de personas que todavía permanecerán en el exilio, a la espera de una señal clara que les permita regresar sin temor.

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